Visión cristiana de la ecología.
Jueves, 23 Julio 2009
Por
Antonio Porras
En las últimas décadas hemos asistido a una
creciente preocupación por la ecología. Entre las diversas posturas existen dos
corrientes contrapuestas: una que tiende a la divinización del hombre; y otra
que se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y
los demás seres vivos. El cristianismo se distancia de ambos, porque sabe que
el hombre y la naturaleza son fruto de la acción creadora de Dios, y que Cristo
es el centro del cosmos y de la historia.
[Antonio Porras*]
Introducción
En las
últimas décadas hemos asistido a una creciente preocupación por la ecología.
Entre las diversas posturas existen dos corrientes contrapuestas que parten de
concepciones filosóficas muy distintas sobre el hombre y el mundo. La primera de
ellas tiende a la divinización del hombre, considerándolo no como colaborador
de Dios para el perfeccionamiento de la creación, sino como creador del mundo y
de sí mismo a través de su propio trabajo. Esta visión suscita una actitud
despótica sobre la naturaleza, considerada como objeto de explotación y fuente
inagotable de recursos. En contraste con esta posición, aparece otra que, «en
nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se
propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los
demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor
indiferenciado. Así, se elimina la responsabilidad superior del hombre en
favor de una consideración igualitaria de la "dignidad" de todos los
seres vivos»[1].
Incluso algunos llegan a absolutizar la naturaleza «y colocarla, en dignidad,
por encima de la misma persona humana»[2].
A pesar de sus diferencias, estas posturas tienen en común el rechazo de Dios
como punto de referencia existencial, son modos distintos de idolatría: uno
diviniza al hombre en detrimento del hábitat y otro a la naturaleza en
detrimento del hombre.
El
cristianismo se distancia de ambos, porque sabe que el hombre y la naturaleza
son fruto de la acción creadora de Dios, y que Cristo es el centro del cosmos y
de la historia[3].
Para tener una visión completa de la comprensión cristiana de la ecología es
necesario hacer referencia a la creación, la redención y a la esperanza en un
cielo nuevo y una tierra nueva (la escatología).
1. La
Ecología y el plan creador de Dios
Los
relatos de la creación presentan al hombre dentro de la naturaleza, con la que
guarda una relación de solidaridad, por el hecho de tener el mismo Creador y
estar ordenado, junto con ella, a la gloria de Dios. La actitud del hombre ante
el mundo no puede ser de desarraigo, distanciamiento, independencia y
oposición, sino de compromiso, como corresponde a una realidad que forma parte
de su casa[4]
y de su propia existencia. La naturaleza no sólo enmarca la vida del hombre,
sino que de algún modo forma parte de ella.
Al mismo
tiempo, el hombre es en cierta medida distinto al mundo. En el primer capítulo
del Génesis, la presentación escalonada del relato de la creación sitúa al
hombre en la cima de la creación visible (Gn 1,1-31)[5].
Más significativa aún es la manifestación de la intención de Dios al crear al
hombre, y las indicaciones que hace después de crearlo[6].
El hombre, creado a imagen de Dios[7],
es colocado a la cabeza de la creación visible, la cual está a su servicio (Gn
1,29), y refleja la imagen de Dios a través del dominio de todos los seres
vivos (Gn 1,28)[8].
En otras palabras, bajo un cierto aspecto, se puede decir que el hombre es
imagen de Dios porque domina, porque refleja sobre el mundo el poder creador y
la inteligencia gobernadora de Dios[9].
El relato
del Génesis también resalta la llamada de Dios a someter la tierra. Esta
vocación, cuidar y cultivar el paraíso, se inscribe en la llamada primordial a
la existencia (cfr. Gn 2, 15), cuyo fin es la comunión del hombre con
Dios. El plan divino originario consistía en que el hombre, viviendo en armonía
con Dios, con los demás y con el mundo, orientase al Creador no sólo su
persona, sino también el universo entero, de modo que la creación diera gloria
a Dios a través del hombre. A su vez, el hombre a través del ejercicio de ese
dominio crecería, se perfeccionaría y se relacionaría con Dios.
La
función de dominio sobre el mundo encuentra una adecuada expresión en el
concepto de administración[10],
pues el dominio del hombre sobre la naturaleza no es un dominio absoluto,
despótico, sino participado y virtuoso. El mundo ha de ser considerado no como
una res nullius -algo que no tiene dueño-, sino res omnium
-patrimonio de la humanidad-; y por tanto, su uso debe redundar en beneficio de
todos[11].
Ahora bien, ¿cómo realiza el hombre la administración del cosmos? El hombre, en
primer lugar, como administrador debe reconocer que la creación es obra de Dios
y don para el hombre[12].
Una donación es más perfecta cuando el destinatario es consciente de la misma y
es capaz de aceptarla. Se acepta realmente no sólo al recibir el don, sino
cuando se reconoce a la persona que dona, cuando se identifica la propia
voluntad con la voluntad del donante[13].
La buena administración exige al hombre, en cuanto imagen de Dios, participar
de su Sabiduría y de su Soberanía sobre el mundo[14],
es decir, relacionarse con la tierra con la misma actitud del Creador, que no
sólo es Omnipotente, sino también Providencia amorosa[15].
Acoger el don de la creación lleva en un primer momento conocer los
"ordenamientos intrínsecos" trazados por el Creador, los cuales son
«señales de orientación a las que debemos atenernos como administradores de su
creación»[16].
«El hecho de que esta estructura inteligente procede del mismo Espíritu creador
que nos dio el espíritu también a nosotros, implica a la vez una tarea y una
responsabilidad»[17]:
el hombre recibe el poder de dominar el mundo «no para destruirlo, sino para
convertirlo en el jardín de Dios y así también en un jardín del hombre»[18].
De este modo, a través del trabajo del hombre, se hace visible y efectiva la
providencia de Dios sobre el mundo.
Se pueden
distinguir, por tanto, dos acciones en el dominio del hombre sobre la creación:
el conocimiento (científico, metafísico, teológico, etc.) del cosmos y el
trabajo para perfeccionarlo. Estas tareas llevan en sí también una orientación
ética por el hecho de que reflejan el Espíritu creador[19].
Reconociendo las estructuras racionales de la creación el hombre podrá
reconocer los límites de su obrar. El primer límite de la acción humana sobre
el mundo es el mismo hombre, pues «no debe hacer uso de la naturaleza contra su
propio bien, el bien de sus prójimos y el bien de las futuras generaciones
(...). El segundo límite son los seres creados, es decir, la voluntad de Dios
expresada en su naturaleza. Al hombre no se le permite hacer lo que quiera y
como lo quiera con las criaturas que le rodean. Al contrario, el hombre debe
"cultivarlo" y "custodiarlo", como enseña la narración
bíblica de la creación (Gn 2, 15). El hecho de que Dios "dio"
al género humano las plantas para comer y el jardín "para cuidarlo"
implica que la voluntad de Dios debe ser respetada cuando se trata de sus
criaturas. Están "confiadas" a nosotros y no simplemente a nuestra
disposición. Por esta razón, el uso de los bienes creados implica obligaciones
morales»[20].
2. El
Pecado y la Redención
La visión
cristiana, junto a la participación del hombre en la obra creadora de Dios, no
pierde de vista la realidad del pecado. El pecado original no sólo rompió la
armonía entre Dios y el hombre, sino que también, rompió la armonía del hombre
con la creación[21].
En el Génesis la maldición de Dios sobre la tierra tiene su origen en el pecado
del hombre (Gn 3,17-18). La crisis medioambiental no puede considerarse
sólo como la consecuencia de un «error» técnico; es sobre todo, el resultado de
la voluntad humana que, en lugar de tratar la naturaleza en obediencia a la ley
moral, ha decidido utilizarla como medio para exaltar el propio poder y
bienestar: el problema ecológico es un problema moral.
El empeño
ecológico debe iniciar por un cambio de tipo espiritual y moral. La ecología
interior es condición necesaria para solucionar la ecología exterior[22].La
ecología interior permite y tiene como fruto el cambio moral de la persona, un
nuevo modo de actuar en relación con los demás y con la naturaleza, la
superación de las actitudes y estilos de vida conducidos por el egoísmo, que
son la causa del agotamiento de los recursos naturales. La tutela del medio
ambiente será considerada eficazmente como una obligación moral que incumbe a
cada persona y a toda la humanidad. No será apreciada sólo como una cuestión de
interés por la naturaleza, sino de responsabilidad de cada hombre ante el bien
común y los designios de Dios.
Por la
redención, no sólo el hombre es reconciliado con Dios, sino que también el
mundo visible, que -debido al pecado- está sujeto a la vanidad, «adquiere
nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del
amor»[23].
La redención de Cristo alcanza a toda la creación (Ef 1,10; Col
1,20) [24].
En Cristo, plenitud de la caridad, el cristiano encuentra la verdad sobre el
dominio de la creación, un dominio que es servicio: un ocuparse amorosamente en
el embellecimiento de lo creado, que implica también maximizar su provecho. Con
la redención, el cuidado de la creación, no es otra cosa que la participación
de los hombres redimidos por Cristo, identificados con Él, en la obra redentora
de Dios. El cristiano, en efecto, está destinado a ser, en Cristo, sacerdote,
profeta y rey de toda la creación[25].
3. La
esperanza cristiana y la ecología
La visión
cristiana acerca del dominio del hombre sobre la creación sería incompleta, si
no se tiene en cuenta la dimensión escatológica. La esperanza en un cielo nuevo
y una tierra nueva no conduce al cristiano a despreciar el mundo; por el
contrario, para la mayoría de los cristianos el camino de la salvación pasa a
través de la santificación de las realidades terrenas. La espera de una tierra
nueva no debe amortiguar, sino más bien encarecer la preocupación por
perfeccionar esta tierra, la cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre
del siglo nuevo.
La espera
de las verdades últimas para el cristiano no es mera expectación de un futuro
lejano, sino que es, en palabras del santo Padre, «performativa»[26]:
el futuro, en tanto que proyección anticipada de lo que es factible, transforma
ya y da sentido al presente. «Por eso, desde las Bienaventuranzas del Sermón de
la montaña hasta las promesas de las cartas a las siete Iglesias, la gran
mayoría de las exhortaciones evangélicas y de las parénesis apostólicas se
funda en la perspectiva escatológica, que constituye el motivo moral más
estimulante y realista que puede haber»[27].
Por ello los cristianos no pueden desentenderse de las cosas terrenas -en
particular de los problemas ecológicos-, por la espera de un cielo y una tierra
nueva, sino que esa misma esperanza les estimula a esforzarse con perseverancia
ordenando las realidades terrenas según el designio divino.
Por la
misma razón, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y
crecimiento del reino de Cristo, no se debe olvidar que «el primero, en cuanto
puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al
reino de Dios»[28].
Sería un error tanto plantear que el obrar humano con respecto a la creación no
tiene valor moral, como sostener que el fin de la ética ecológica es realizar
ya en esta tierra, de modo definitivo, la promesa de los cielos nuevos y la
tierra nueva.
La ética
ecológica deberá ser consciente de «que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa,
de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada
generación; nunca es una tarea que se pueda dar simplemente por concluida. No
obstante, cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para
establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la
generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den
también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también
para el futuro»[29].
La
dimensión escatológica de la nueva creación entraña el esfuerzo del hombre por
renovar el mundo por medio del trabajo. Algo que sólo es posible si el hombre
se renueva interiormente, si trata de identificarse con Cristo para ponerlo en
la cumbre de todas las actividades humanas[30].
Conclusión
Desde la
perspectiva cristiana, la vida de los demás seres tiene un gran valor, pero no
se trata de un valor opuesto al de la persona; por el contrario, el valor de la
vida animal y vegetal adquiere su pleno sentido sólo si se pone en relación con
la vida de la persona humana[31].
La ecología física, que protege y perfecciona las condiciones materiales del
medio ambiente, debe orientarse a la ecología humana[32],
que busca lograr un ambiente natural y humano adecuado a la dignidad del hombre
actual y de las generaciones futuras[33].
En consecuencia «la medida y el criterio de fondo del horizonte ecológico a
nivel regional y mundial» deben ser la perfección de la persona en cuanto
persona en todas sus dimensiones[34].
El hecho de otorgar a la persona el valor principal, lejos de implicar un
perjuicio para la naturaleza, es el fundamento de su verdadera valoración. «Si
falta el sentido del valor de la persona y de la vida humana, aumenta el
desinterés por los demás y por la tierra»[35].
Bibliografía
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© ISSRA, 2009
3 Durante los últimos decenios, las enseñanzas de la
Iglesia sobre la cuestión ecológica han sido muy abundantes; en ellas no se
proponen soluciones concretas, que no son de su competencia, sino que ofrece
importantes orientaciones dogmáticas, morales y pastorales que constituyen una
guía imprescindible para las relaciones de la persona con el resto de la
creación.
4 Usamos el término «casa» porque designa el lugar
que se reconoce como propio, familiar, y hace referencia al sentido etimológico
del término «ecología».
5 A diferencia del hombre, los animales, seres vivos
también, son hechos simplemente del suelo (adâmah); en ellos Dios no
insufló un aliento de vida (nishmat hayyah), cfr. Gn 2, 7.19.
6 «Dios dijo: "Hagamos al hombre a nuestra
imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y
las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales
que se arrastran por el suelo" (...) "Sean fecundos, multiplíquense,
llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar, a las aves del cielo
y a todos los vivientes que se mueven sobre la tierra". Y continuó
diciendo: "Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la
tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de
alimento"» (Gn 1,26.28-29).
7 El texto al repetir en tres frases sucesivas que
el hombre es «imagen de Dios» resalta la importancia de este hecho para
entender la relación del hombre con Dios y el mundo.
9 Cfr. J. L. Lorda, Antropología bíblica, op.
cit., 37-38. El sentido de ser imagen de Dios se valora aún más si se tiene
presente que, en Israel, la Ley mosaica prohibía severamente todas las
representaciones de Dios por el peligro de la idolatría (cfr. Ex 20,4; Dt
4,15-20). La única imagen de Dios en el universo es el hombre.
10 Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general,
17.I.2000, nn. 1-2. El concepto de administración nos pone en relación con la
parábola de los talentos y las minas. El hombre, al final de su vida en la
tierra, tendrá que dar cuentas de la administración de la creación como un
talento recibido.
11 Cfr. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium
et spes, n. 69; Pablo VI, Discurso a la Conferencia Internacional sobre el
ambiente (1.VI.1972); Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2402-2404.
12 «La creación (...) es don del Creador que trazó
sus ordenamientos intrínsecos y de ese modo nos dio las señales de orientación
a las que debemos atenernos como administradores de su creación». Benedicto
XVI, Discurso, 22.XII.2008. La misma idea de la recepción de la creación
como don se encuentra en Idem, Homilía, 3.VI.2006.
13 El amor, como dice Benedicto XVI en el n. 17 de la
encíclica Deus caritas est, comporta «un pensar y desear común. La
historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta
comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de
modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la
voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen
desde fuera, sino que es mi propia voluntad».
15 En consecuencia, el hombre debe gobernar la tierra
con «santidad y justicia (...) con rectitud de espíritu» (Sb 9,3), con
sabiduría y amor, «como "dueño" y "custodio" inteligente y
noble, y no como "explotador" sin ningún reparo» (Juan Pablo II,
Carta encíclica Redemptor hominis, n. 15).
18 Benedicto XVI, Homilía, 3.VI.2006; cfr.
Pablo VI, Discurso a la Conferencia Internacional sobre el ambiente,
1.VI.1972. En el n. 43 de la Exhortación apostólica Christifidelis laici,
Juan Pablo II afirma que «es cierto que el hombre ha recibido de Dios mismo el
encargo de "dominar" las cosas creadas y de "cultivar el
jardín" del mundo; pero ésta es una tarea que el hombre ha de llevar a
cabo respetando la imagen divina recibida, y, por tanto, con inteligencia y
amor: debe sentirse responsable de los dones que Dios le ha concedido y
continuamente le concede. El hombre tiene en sus manos un don que debe pasar
-y, si fuera posible, incluso mejorado- a las futuras generaciones, que también
son destinatarias de los dones del Señor».
21 Cfr. Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo
rei socialis, n. 30; Mensaje para la jornada mundial de la paz 1990,
8.XII.1989, n. 3.
25 Sin adentrarnos en el alcance de esta
participación en la mediación de Cristo, queremos señalar solamente cómo en la
administración informada por el amor que caracteriza el verdadero dominio sobre
la creación el hombre realiza estas tres funciones. El hombre actúa como
sacerdote de la creación reconociendo su relación con Dios y ordenándola al fin
que Dios le había dado. Como rey domina la tierra según el plan original de
Dios, como cuidado y administración, llevándola a su perfección para el bien
propio y de todos los hombres. Es profeta porque con su actuar el hombre no
sólo manifiesta a la creación la redención obrada por Cristo, sino también da
testimonio de la esperanza que ha recibido (cfr. 1 P 3,15).
26 Cfr. Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi,
n. 2. La esperanza cristiana empuja a actuar en el presente con la mirada en el
futuro precisamente porque es ya activa, anticipadora de la realidad anuncia.
«La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que
está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la
realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una
"prueba" de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del
presente, de modo que el futuro ya no es el puro "todavía-no". El
hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado
por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las
presentes y las presentes en las futuras». Ibíd., 7.
27 C. Spicq, Teología moral del Nuevo Testamento,
t. 1, EUNSA, Pamplona 1970, 298-299. Dentro de los textos evangélicos con
sentido escatológico, nuestro Señor invita a la vigilancia (Lc 12,36-40;
Mt 24,42-51; Mc 13,32-37), que no es pasiva sino activa, y
utiliza con frecuencia la figura del siervo. En este sentido las parábolas de
los talentos y las minas tienen un gran significado: al final de la vida se nos
pedirá cuenta de la administración de los bienes que Dios nos ha dado.
31 En esta línea el Papa Benedicto XVI en su carta
del 10.VII.2008 con motivo del día de la Santa Sede en la exposición
internacional de Zaragoza (España), pone de manifiesto que la consideración del
agua «como un bien que debe ser especialmente protegido mediante claras
políticas nacionales e internacionales, y utilizado según criterios sensatos de
solidaridad y responsabilidad», no debe olvidar «que se trata de un derecho que
tiene su fundamento en la dignidad de la persona humana». El agua tiene valor
de derecho universal e inalienable porque «está relacionado con las necesidades
crecientes y perentorias de las personas que viven en la indigencia, teniendo
en cuenta que "el acceso limitado al agua potable repercute sobre el
bienestar de un número enorme de personas y es con frecuencia causa de
enfermedades, sufrimientos, conflictos, pobreza e incluso de muerte"
(Consejo Pontificio "Justicia y Paz", Compendio de la doctrina
social de la Iglesia, n. 484)».
32 Del mismo modo como la administración del don de
la creación exige el esfuerzo por conocer la verdad más profunda del cosmos, la
ecología humana, como recuerda Benedicto XVI, requiere, a su vez, un
conocimiento metafísico del hombre y de su naturaleza. El santo Padre concluye
que el desprecio de la verdad íntima del hombre «sería una autodestrucción del
hombre y, por tanto, una destrucción de la obra misma de Dios». Benedicto XVI,
Discurso, 22.XII.2008.
34 Una forma concreta del empeño a favor de la
persona es la defensa de la vida y la consiguiente promoción de la salud,
especialmente de las poblaciones más pobres y en vías de desarrollo. Cfr. Juan
Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1990, 8.XII.1989,
n. 7.
http://www.collationes.org/de-documenta-theologica/theologia-morali/item/63-visi%C3%B3n-cristiana-de-la-ecolog%C3%ADa-antonio-porras
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