"Una ecología humana"
Marzo-Abril
2012.
Vemos con
preocupación manifestarse en nuestro tiempo una creciente confusión
antropológica que presenta múltiples y preocupantes síntomas. Por mencionar
solo algunos, podemos anotar la confusión entre orientación e identidad sexual,
la creciente pretensión de reclamar el aborto como derecho y conquista, la
presentación del ser varón o mujer como materia de opción personal, la
reducción de la sexualidad a mero instrumento de gozo y placer, los intentos de
re-definir el matrimonio… la lista podría prolongarse…
Esta
confusión reclama orientaciones y luces para el camino. La Iglesia, experta en
humanidad,[1] sabe que debe prestar al mundo la diakonía
de la verdad sobre el ser humano, varón y mujer, anunciándola y
proponiéndola con métodos claros, nuevos y creativos. En el contexto confuso de
la actualidad, la Iglesia parece tener cada vez más una tarea particular como
baluarte donde preservar el orden de la naturaleza en ámbito humano.
En este
contexto, el Santo Padre Benedicto XVI ha hablado en diversas ocasiones de la
necesidad de defender la creación, consciente de que este tema resuena en la
sensibilidad de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Sin embargo, es interesante
notar como el Papa subraya que una parte fundamental de esta defensa de la
naturaleza debe tener lugar protegiendo al hombre contra la destrucción de sí
mismo, promoviendo una “ecología humana.”
¿A qué se
refiere Benedicto XVI cuando habla de una ecología humana? Leyendo sus
intervenciones[2] es interesante notar como el Papa no
tiene en mente solamente un compromiso por la defensa de lo creado que tenga en
cuenta también al ser humano. Su idea de «ecología humana» va mas allá. Se
refiere a recordar que el hombre mismo es parte de la naturaleza y a apreciar y
acoger su lenguaje propio, lenguaje que encuentra inscrito en su ser; se
refiere a respetar el orden de la naturaleza en la vida misma del ser humano,
por el cual existe siempre y solo como varón y como mujer. El Papa nota con
preocupación como cuando el hombre ignora este hecho y desprecia el orden de la
creación, se va encaminando a la destrucción de sí mismo, creando la ilusión de
una falsa libertad y una falsa igualdad. Nos ha alertado además ante la ilusión
por la cual el hombre cree ser pura libertad que se crea a sí mismo,
prescindiendo o creyendo poder prescindir, del dato de la naturaleza, que en
cambio es condición de posibilidad de la libertad misma. Ha mencionado en sus
reflexiones el término gender como promotor de este problemático intento
de emancipación de la creación y del Creador.
En la
Encíclica Caritas in Veritate decía: «Si no se respeta el derecho a la
vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y
el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la
investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología
humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las
nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las
leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas.»[3]
Como el
Papa nota, hay una especie de esquizofrenia en nuestra cultura, por la cual se
promueve, justamente, el respeto por la naturaleza en todos los ámbitos; pero
este respeto no parece referirse en los mismos términos al ámbito humano. En la
vida humana, en cambio, parece abrirse campo cada vez más lo artificial y se
presenta como un deseable “control”, como “libertad,” como “posibilidad de
opción”, “progreso” o “conquista”.
El
problema decisivo de la salvaguarda de la naturaleza, nos dice el Papa, «es la
capacidad moral global de la sociedad. … Los deberes que tenemos con el
ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada
en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y
conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual,
que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.»[4]
Mirando
atrás, a la historia de la Iglesia, encontramos como ante graves crisis
culturales y momentos de fuertes cambios fue en el seno de la Iglesia donde
valores primordiales de la cultura fueron preservados y luego transmitidos a
las posteriores generaciones. Por eso es que ante las problemáticas que
constatamos en nuestro tiempo, ante el hombre que ha perdido cada vez más el
sentido de su propia identidad y dignidad, parece acrecentarse el llamado a la
Iglesia a ser aquel baluarte donde se “salvaguarde” lo humano, entendiendo esta
salvaguarda no como un encerrarse en sí mismos, aislándose, sino como una
preservación de la verdad, de la libertad, de la dignidad y vocación humanas
tal y como han sido queridas por el Creador, para transmitirlas con fidelidad a
las generaciones venideras.
Ana
Cristina Villa Betancourt
[1] Cfr. S.S. Pablo VI, Carta Encíclica
Populorum Progressio sobre la necesidad de promover el desarrollo de los
pueblos, 13; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos
de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la
Iglesia y en el mundo, Vaticano, 31 mayo 2004, 1.
[2] Cfr. por ejemplo: S. S. Benedicto XVI, Discurso
a la curia romana con ocasión del intercambio de felicitaciones por la Navidad,
22 de diciembre de 2008; Discurso en la visita al Parlamento Federal, Reichstag
– Berlín, 22 de septiembre de 2011.

No hay comentarios:
Publicar un comentario