FUNDAMENTACIÓN DE LAS CLASES DE RELIGIÓN
CATÓLICA, COMO UN ESPACIO DE DIÁLOGO VALÓRICO.
El aporte formativo de la Clase de Religión
católica, supone la dimensión ético-valórica del Cristianismo como realidad
cultural que tiene en la trascendencia divina y humana, el fundamento de los
valores y principios que configuran una concepción de la Vida y del Ser Humano.
Es una antropología que inspira una educación religiosa, incluso toda una
Concepción de la Educación, propositiva no impositiva.
Sin negar los principios o doctrina dogmáticos,
se considera que lo que se proyecta en la vida concreta son los valores que se
fundan en estos principios y doctrinas. Estos valores son expresiones vitales
que informan y vitalizan la actitud y conducta de la persona. Toda la teoría
actual de la Educación dice de diferentes maneras y acentos que la Persona
humana es el objetivo de la Educación.
La Educación como contexto está inserta en la
diversidad socio-cultural, ideológica, religiosa, etc. Definitivamente
coexisten diferentes credos y visiones de la vida, moral y ética social y
personal. Esto no se puede uniformar arbitrariamente desde una lógica
democrática y tolerante. El diálogo es un factor clave en nuestra convivencia
cívica o por lo menos se dice en teoría, y la Clase de Religión Católica busca
superar lo teórico para construir en la conciencia de los educandos, una praxis
dialógica. La religión católica actual promueve el diálogo con la diversidad
socio-cultural-religiosa. Es urgente educar desde la fe en diálogo con la
sociedad secular, en los valores de la tolerancia, solidaridad, sentido social,
vocación, ética profesional, respeto entre creyentes y no-creyentes, etc. Hoy
la religión se entiende como una fuente de valores humanos y espirituales que
tolera, respeta y admira lo diverso. Dios no es un dogma de un grupo sectario.
Tampoco es una mezcla de elementos indefinidos. La concepción de Dios como
Persona es vital para el desarrollo de los valores cristianos-humanos. Las
consecuencias no son las mismas, al afirmar que Dios es una energía impersonal.
El concepto de persona es moralizante, porque habla de mundos capaces de
interioridad y responsabilidad. Esto es fundamental para una educación
religiosa abierta y tolerante. Otra cosa es adoctrinar.
Lo anterior estaría indicando que la fe no es
solamente creer en Dios, es un acto de una persona que vive con Otros, que
piensan, viven de maneras diferentes o parecidas, pero siempre singulares. Esto
significa que lo sagrado se siente de muchas maneras que implican formas de
ser-en-el-mundo. Superado el fanatismo religioso e intolerancia, la religión es
una fuente de valores, necesarios para vivir en sociedad y pluralidad. La
no-creencia debe ser asumida positivamente en la clase de religión, de tal
manera, que un alumno(a) que dice no
creer, opine libremente sin temor a ser discriminado. Un gran objetivo es
aprender a dialogar y tolerar desde la trascendencia divina y humana.
Los alumnos(as)
tienen derecho y necesidad de darse cuenta que nuestra sociedad post moderna ha
vuelto a descubrir o redescubrir la trascendencia espiritual como valor de
sentido existencial, que para algunos es religiosa o simplemente está centrada
en la dignidad humana. No parece conveniente incorporar a las clases de
religión una discusión de tipo dogmática o fundamentalista. Pero, tampoco
vaciarlas de lo más esencial de lo religioso que es la apreciación de lo
transcendental y aparentar que estamos haciendo clases de religión, porque
estaríamos entrando en otra forma de dogmatismo intolerante, que podría ser tan
fanático como el sectarismo religioso. Otra cosa es fomentar el diálogo
respetuoso y tolerante entre los credos y la no creencia, como un objetivo
fundamental de las clases de religión.
Una clase de
religión rescata los valores que vienen del hogar paterno – materno, que puede
ser profundamente religioso o superficialmente creyente, o agresivamente
anti-religioso o indiferente o mixto; y el desafío de una educación religiosa,
que no es adoctrinar, es precisamente entregar elementos formativos para que
los alumnos (as) puedan ir construyendo su propia visión sobre lo sagrado o lo
valórico secular, fundamentando siempre sus opciones y opiniones en la
tolerancia y respeto a la diversidad. Nuestra “sociedad democrática” necesita
hacer efectivo un fundamento valórico que haga posible una vida cívica de
ciudadanos tolerantes, ilustrados y responsables.
La religión y la no
creencia tienen los mismos derechos en la sociedad civil, según el respeto a la
libertad de conciencia. Esto, necesariamente, se debe manifestar en la clase de
religión católica. Pero, no siempre, se permite diseñar una auténtica clase de
religión, valorada, respetada o tolerada. El sistema desvaloriza lo
trascendental. Este desprecio se replica en no pocos profesores de ramos más
instrumentales o aparentemente con mayor vigencia sistémica. La técnica sería
más importante que el discernimiento o el razonamiento argumentativo o en otras
palabras, buscar un sentido de la vida,
no es central. Lo que importa es “pasarlo bien” sin buscar ninguna
trascendencia. Estamos en el mismo “vientre” de un nuevo materialismo que
cuestiona incluso, los materialismos clásicos. Los alumnos(as) descubren de las
más diversas maneras o en las circunstancias menos esperadas, que algunos de
sus supuestos formadores, consideran que vivir el momento es todo lo que hay,
por lo tanto hay que fornicar lo que más se pueda, beber con exceso, incluso
drogarse, etc. La crisis de la educación no tiene su raíz exclusivamente en el
hogar, hay agentes de la educación formal que no son líderes positivos. Frente
a esta realidad, se generan diversas visiones de cómo abordarla y es legítimo.
Esta diversidad, supone para ser efectivamente asumida, un
proceso democrático que no se expresa en todas sus posibilidades en el Chile de
hoy. Siguen operando en grupos de poder vinculados a la educación, los viejos
fanatismos de otras épocas odiosas que buscaban imponer sus utopías
excluyentes, esto al proyectarse sobre la sociedad civil, bloquea una autentica vida democrática en todas las
áreas: religiosa, civil, cultural, educacional, etc.
Anular la dimensión de la diversidad realmente
asumida en el contexto escolar, usando la “ideología como una praxis de la
mentira y falsificación”, es el intento a veces feroz, de los “nuevos
intolerantes” que contaminan el ambiente de la educación formal chilena. Su ideología
que siempre los impulsa a reclutar gente para sus círculos sectarios al
interior de escuelas y Liceos, no asume
el diálogo como un valor central de nuestra vida cultural y ciudadana. Sus supuestas
aspiraciones educacionales, se quedan en el aumento de sueldos, etc. y en
aspectos técnicos, que sin dejar de ser importantes, no tratan lo esencial de
lo humano que es fundamental en el “hecho educativo”: compartir humanamente
desde lo personal, con los valores que constituyen nuestra “atmosfera
espiritual humana” donde respiramos la libertad, fraternidad, libertad, amor,
justicia, tolerancia, etc. y sobre todo
la trascendencia.
El practicismo atrapado en los números o en una
aplicación abusiva de las matemáticas, característica del materialismo
mercantilista actual, es el peor fundamento de una educación que se presume
humanista. No basta ser práctico, necesitamos de la Verdad, Belleza y el Bien,
como realidades profundas que nos humanizan constantemente.
Por todo esto, actualmente, los verdaderos profesores
de religión, incluso los profesores católicos y no-católicos en general, tienen
una dura lucha que dar: recuperar un espacio para la diversidad, realmente
respetado en el sistema de educación chileno que hoy está bajo los pies del
mercado y grupos ideológicos sectarios, que califican o descalifican a sus colegas, según sus propios intereses de
poder y proyectos políticos. La necesidad de organizarse como Educadores
católicos-cristianos, humanistas, tolerantes y pluralistas, es cada vez más
imperiosa.
Mario
Andrés Díaz Molina: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación.
Egresado de la Universidad Católica del Maule.

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