miércoles, 1 de enero de 2014

FUNDAMENTACIÓN DE LAS CLASES DE RELIGIÓN CATÓLICA, COMO UN ESPACIO DE DIÁLOGO VALÓRICO.



FUNDAMENTACIÓN DE LAS CLASES DE RELIGIÓN CATÓLICA, COMO UN ESPACIO DE DIÁLOGO VALÓRICO.


El aporte formativo de la Clase de Religión católica, supone la dimensión ético-valórica del Cristianismo como realidad cultural que tiene en la trascendencia divina y humana, el fundamento de los valores y principios que configuran una concepción de la Vida y del Ser Humano. Es una antropología que inspira una educación religiosa, incluso toda una Concepción de la Educación, propositiva no impositiva.
Sin negar los principios o doctrina dogmáticos, se considera que lo que se proyecta en la vida concreta son los valores que se fundan en estos principios y doctrinas. Estos valores son expresiones vitales que informan y vitalizan la actitud y conducta de la persona. Toda la teoría actual de la Educación dice de diferentes maneras y acentos que la Persona humana es el objetivo de la Educación.
La Educación como contexto está inserta en la diversidad socio-cultural, ideológica, religiosa, etc. Definitivamente coexisten diferentes credos y visiones de la vida, moral y ética social y personal. Esto no se puede uniformar arbitrariamente desde una lógica democrática y tolerante. El diálogo es un factor clave en nuestra convivencia cívica o por lo menos se dice en teoría, y la Clase de Religión Católica busca superar lo teórico para construir en la conciencia de los educandos, una praxis dialógica. La religión católica actual promueve el diálogo con la diversidad socio-cultural-religiosa. Es urgente educar desde la fe en diálogo con la sociedad secular, en los valores de la tolerancia, solidaridad, sentido social, vocación, ética profesional, respeto entre creyentes y no-creyentes, etc. Hoy la religión se entiende como una fuente de valores humanos y espirituales que tolera, respeta y admira lo diverso. Dios no es un dogma de un grupo sectario. Tampoco es una mezcla de elementos indefinidos. La concepción de Dios como Persona es vital para el desarrollo de los valores cristianos-humanos. Las consecuencias no son las mismas, al afirmar que Dios es una energía impersonal. El concepto de persona es moralizante, porque habla de mundos capaces de interioridad y responsabilidad. Esto es fundamental para una educación religiosa abierta y tolerante. Otra cosa es adoctrinar.
Lo anterior estaría indicando que la fe no es solamente creer en Dios, es un acto de una persona que vive con Otros, que piensan, viven de maneras diferentes o parecidas, pero siempre singulares. Esto significa que lo sagrado se siente de muchas maneras que implican formas de ser-en-el-mundo. Superado el fanatismo religioso e intolerancia, la religión es una fuente de valores, necesarios para vivir en sociedad y pluralidad. La no-creencia debe ser asumida positivamente en la clase de religión, de tal manera,  que un alumno(a) que dice no creer, opine libremente sin temor a ser discriminado. Un gran objetivo es aprender a dialogar y tolerar desde la trascendencia divina y humana.
Los alumnos(as) tienen derecho y necesidad de darse cuenta que nuestra sociedad post moderna ha vuelto a descubrir o redescubrir la trascendencia espiritual como valor de sentido existencial, que para algunos es religiosa o simplemente está centrada en la dignidad humana. No parece conveniente incorporar a las clases de religión una discusión de tipo dogmática o fundamentalista. Pero, tampoco vaciarlas de lo más esencial de lo religioso que es la apreciación de lo transcendental y aparentar que estamos haciendo clases de religión, porque estaríamos entrando en otra forma de dogmatismo intolerante, que podría ser tan fanático como el sectarismo religioso. Otra cosa es fomentar el diálogo respetuoso y tolerante entre los credos y la no creencia, como un objetivo fundamental de las clases de religión.
Una clase de religión rescata los valores que vienen del hogar paterno – materno, que puede ser profundamente religioso o superficialmente creyente, o agresivamente anti-religioso o indiferente o mixto; y el desafío de una educación religiosa, que no es adoctrinar, es precisamente entregar elementos formativos para que los alumnos (as) puedan ir construyendo su propia visión sobre lo sagrado o lo valórico secular, fundamentando siempre sus opciones y opiniones en la tolerancia y respeto a la diversidad. Nuestra “sociedad democrática” necesita hacer efectivo un fundamento valórico que haga posible una vida cívica de ciudadanos tolerantes, ilustrados y responsables.
La religión y la no creencia tienen los mismos derechos en la sociedad civil, según el respeto a la libertad de conciencia. Esto, necesariamente, se debe manifestar en la clase de religión católica. Pero, no siempre, se permite diseñar una auténtica clase de religión, valorada, respetada o tolerada. El sistema desvaloriza lo trascendental. Este desprecio se replica en no pocos profesores de ramos más instrumentales o aparentemente con mayor vigencia sistémica. La técnica sería más importante que el discernimiento o el razonamiento argumentativo o en otras palabras,  buscar un sentido de la vida, no es central. Lo que importa es “pasarlo bien” sin buscar ninguna trascendencia. Estamos en el mismo “vientre” de un nuevo materialismo que cuestiona incluso, los materialismos clásicos. Los alumnos(as) descubren de las más diversas maneras o en las circunstancias menos esperadas, que algunos de sus supuestos formadores, consideran que vivir el momento es todo lo que hay, por lo tanto hay que fornicar lo que más se pueda, beber con exceso, incluso drogarse, etc. La crisis de la educación no tiene su raíz exclusivamente en el hogar, hay agentes de la educación formal que no son líderes positivos. Frente a esta realidad, se generan diversas visiones de cómo abordarla y es legítimo. Esta  diversidad,  supone para ser efectivamente asumida, un proceso democrático que no se expresa en todas sus posibilidades en el Chile de hoy. Siguen operando en grupos de poder vinculados a la educación, los viejos fanatismos de otras épocas odiosas que buscaban imponer sus utopías excluyentes, esto al proyectarse sobre la sociedad civil, bloquea  una autentica vida democrática en todas las áreas: religiosa, civil, cultural, educacional, etc.
 
Anular la dimensión de la diversidad realmente asumida en el contexto escolar, usando la “ideología como una praxis de la mentira y falsificación”, es el intento a veces feroz, de los “nuevos intolerantes” que contaminan el ambiente de la educación formal chilena. Su ideología que siempre los impulsa a reclutar gente para sus círculos sectarios al interior de escuelas y Liceos, no  asume el diálogo como un valor central de nuestra vida cultural y ciudadana. Sus supuestas aspiraciones educacionales, se quedan en el aumento de sueldos, etc. y en aspectos técnicos, que sin dejar de ser importantes, no tratan lo esencial de lo humano que es fundamental en el “hecho educativo”: compartir humanamente desde lo personal, con los valores que constituyen nuestra “atmosfera espiritual humana” donde respiramos la libertad, fraternidad, libertad, amor, justicia, tolerancia, etc.  y sobre todo la trascendencia.
El practicismo atrapado en los números o en una aplicación abusiva de las matemáticas, característica del materialismo mercantilista actual, es el peor fundamento de una educación que se presume humanista. No basta ser práctico, necesitamos de la Verdad, Belleza y el Bien, como realidades profundas que nos humanizan constantemente.
Por todo esto, actualmente, los verdaderos profesores de religión, incluso los profesores católicos y no-católicos en general, tienen una dura lucha que dar: recuperar un espacio para la diversidad, realmente respetado en el sistema de educación chileno que hoy está bajo los pies del mercado y grupos ideológicos sectarios, que califican o descalifican  a sus colegas, según sus propios intereses de poder y proyectos políticos. La necesidad de organizarse como Educadores católicos-cristianos, humanistas, tolerantes y pluralistas, es cada vez más imperiosa.


Mario Andrés Díaz Molina: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule.







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