¡LA UTOPÍA NOS DEBE ILUMINAR, NO QUEMAR NI DESHUMANIZAR!
“Mario
Vargas Llosa manifestó: Pienso que la necesidad de la utopía se
encuentra en el corazón del hombre, que es la fuente de todas las
grandes realizaciones humanas. Pero los intentos de llevar a cabo una
utopía social e histórica conducen a una catástrofe. Hay que extirpar la
utopía de estos ámbitos y plantarla en donde pueda ser positiva sin
provocar sacudimientos. Algunas de sus formas pueden enriquecer al ser
humano mismo. Uno puede convertirse en santo, pero la santidad colectiva
es imposible. La literatura y el arte pueden ser una fiesta constante
de la irrealidad. En grupos pequeños se puede construir un paraíso. Pero
cuando se trata de colectivizarlo, comienza la violencia y la
destrucción de la libertad.”
No estamos cien por ciento de acuerdo
con Mario Vargas Llosa. Pero tiene mucha razón. Sin embargo, si Cristo
es posible, es posible una nueva humanidad cristificada. Pero, esta
“santificación colectiva” supone una superación de la dialéctica
histórica. Los cristianos creemos en un proyecto escatológico que supone
un “ya” y un “todavía no”. El “ya” es lo que vamos concretizando en
nuestra actual situación existencial. Intentamos construir una Iglesia
fraternal, que siempre va a ser perturbada por los defectos humanos. Por
eso los Escritores Patrísticos decían que la Iglesia era “santa y
prostituta”. Intentamos construir una sociedad civil basada en los
valores evangélicos, pero una vez más nos volvemos a encontrar con la
miseria humana. El espíritu de dominio, de explotación, las injustas
diferencias de clases, el conflicto que está en el fondo de nuestra
sociedad consumista y depredadora es la negación de la fraternidad
cristiana y ecuménica-cívica. Si analizamos la historia, la cizaña y el
trigo crecen en el surco mismo de la naturaleza humana.
La fe
cristiana es testimonial. La contemplación del misterio lumínico
transforma la vida concreta del creyente. El culto y la liturgia tienen
efectos sociales en todo sentido. Por eso, si de una forma solapada, a
través de las lecturas bíblicas, de las celebraciones sagradas, se busca
representar un orden social donde una clase tiene privilegios y otra le
está sometida; esto no es menor, porque se reflejará en una “ideología
de lo cotidiano”, donde la opresión y la injusticia social son
consideradas como de “derecho divino”. Para los ateos militantes
anticatólicos y anacrónicamente intolerantes, orar es una mera forma de
concientización, no tiene un valor trascendental. (Por eso la combaten
fanáticamente, la intentan ridiculizar entre la juventud). Para nosotros
es importante mantener en el tiempo una “liturgia redentora”, que sea
una expresión legítima del Cristo resucitado, liberador y creador de una
convivencia que está en la historia y, a la vez, la trasciende. Es el
“todavía no”, es la meta-historia. Los materialismos no cuentan, para
sus motivaciones vitales, con esta “trascendentalización del tiempo
humano”.
Cuando Moisés quiso organizar la sociedad israelita en base a
una estricta ley, al hacerla efectiva cayó en procedimientos que hoy
nos parecen bárbaros. (La guerra de conquista de la Tierra Santa tiene
una cara horripilante. Actualmente algunos judíos fundamentalistas
justifican una guerra de exterminio contra los palestinos, en base a
algunos textos del Antiguo Testamento). En la Edad Media se cometieron
atrocidades que tuvieron un “apoyo doctrinal” en el Antiguo Testamento.
Los sistemas fascista y soviético atropellaron los derechos humanos por
“razones de Estado”. Justificación final: Defender y promover una
sociedad basada en una ideología utópica y excluyente. La “raza
superior” se sustentaba sobre la aniquilación de las razas que
consideraba inferiores o degeneradas. La destrucción de la burguesía
justificaba una dictadura burocrática que fue generando una forma de
dominación que no tenía nada de proletaria (la nomenclatura). Un clero
que al hacerse clase social esterilizó la radicalidad del amor
cristiano; se “alejó” de los laicos, quitándoles su función profética,
sacerdotal y de servicio o haciéndola irrisoria frente a su protagonismo
paternalista y seudo-jerárquico. Hasta el día de hoy, mayoritariamente
los laicos católicos se sientes marginados más bien que integrados a la
iglesia. Es el drama de una Iglesia Católica que luchó y lucha por los
derechos humanos y la democracia y, curiosamente, no encuentra el rumbo,
para facilitar a los fieles laicos una real participación, basada en el
respeto y reconocimiento de los carismas que el Espíritu Santo infunde
en todos los creyentes. Los fieles que han tomado conciencia de su
“sacerdocio bautismal” encuentran más obstáculos que comprensión. Pero,
el único futuro de la fe católica es la renovación auténtica de la
Iglesia y el compromiso activo para seguir construyendo una sociedad
civil tolerante, abierta a la trascendencia, donde creyentes y no
creyentes coexistan como personas libres y capaces de superar los
conflictos con justicia y diálogo.
El cristianismo, al poner a la
persona humana como valor supremo de la convivencia social, hace un
aporte al discernimiento colectivo. La persona no puede ser anulada por
los intereses de clase o de raza. El mercado no puede ser un mecanismo
que, en forma fría e impersonal, le da la fortuna a algunos y la pobreza
a otros. El Estado no puede ser el botín de una clase dominante. El
pueblo no puede quedar reducido a una mera masa consumista o electora.
En
el horizonte indeterminado están escritas todas las utopías
globalizantes, que se excluyen unas a otras. Es legítimo caminar en pos
de ideales que toleran los ideales del Otro. En el camino de la
realidad, el respeto a los derechos humanos, que se ubica en un campo
muy específico de la historia: la persona racional y libre, no puede ser
anulado. No es legítimo sacrificar la dignidad humana en el “altar” de
una ideología totalitaria o clasista. Toda utopía que se creyó con el
derecho de ocupar en forma exclusiva la totalidad de la historia,
cometió aberraciones, cuyas víctimas clamaron y claman al cielo. Así
sucedió con los “campesinos” en tiempo de La Reforma Protestante, que
fueron exterminados o violentamente sometidos por potentados que
profesaban ser católicos o luteranos. Los españoles católicos
conquistaron América brutalmente e impusieron sus creencias, pero no
lograron crear una sociedad cristiana, porque ni ellos mismos vivían
realmente el cristianismo. Lo mismo podemos decir de los invasores
protestantes anglosajones: racistas y genocidas. En ambos casos el trigo
creció junto a la cizaña.
La tolerancia y la aplicación de la
justicia en el conflicto social nos deben llevar a la realización de un
proyecto pluralista, donde la fuerza ética y socio-cultural de los
oprimidos, apunte a la superación de la opresión de los que usan el
poder injustamente, para mantener los abusos del sistema imperante.
MARIO
ANDRÉS DÍAZ MOLINA: Estudiante en Práctica Profesional de 5° año de
Pedagogía en Religión y Filosofía de la Universidad Católica del Maule.
Colectivo Cultural Jorge Yáñez Olave.

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